Cuando alguien se hace pasar por ti en Internet: la identidad digital también hay que protegerla

Hace unos días, Jordi Roca, pastelero y copropietario del Celler de Can Roca —el restaurante de los hermanos Roca de Girona— publicó un mensaje en Instagram que no dejaba lugar a dudas. Estaba muy indignado. Alguien había creado una página web falsa que imitaba su restaurante y estaba cobrando dinero por gestionar reservas que, evidentemente, nunca llegarían. Una estafa en toda regla, disimulada detrás de un dominio lo suficientemente verosímil como para engañar a los clientes.
No es un caso aislado: el restaurante Disfrutar de Barcelona lleva más de un año detectando webs fraudulentas y ya ha tenido que denunciar casi una decena. Casos como estos nos recuerdan que la identidad digital de los negocios es algo que hay que proteger activamente, y que ninguna marca —por consolidada que esté— está al margen.
Nadie puede tenerlo todo. Pero sí lo que importa
Cuando registras un dominio, la pregunta que enseguida te haces es: ¿cuántas extensiones tengo que comprar? La respuesta honesta es que, por más que creas que con un .com, un .es o un .info ya tienes suficiente, si alguien quiere suplantarte, encontrará la manera con cualquier dominio que todavía no hayas ocupado. El número de dominios posibles en el mundo es tan grande que nadie —ni la marca más poderosa del planeta— puede comprarlos todos.
Tener un dominio .cat no immuniza tu negocio frente a cualquier intento de suplantación. Pero sí cambia radicalmente la velocidad de respuesta. En el caso de Disfrutar, retirar una web fraudulenta les ha costado como máximo día y medio. Con un dominio .cat, la actuación es casi inmediata. Pero hay una diferencia entre la cobertura total —imposible— y la cobertura significativa. Y aquí es donde entra la lógica del dominio .cat.
Si eres un negocio que opera en catalán, que tiene raíces aquí, que se dirige a una comunidad concreta y que representa -conscientemente o no- un trozo de nuestra cultura, entonces el dominio .cat que lleva tu nombre debería pertenecerte a ti. No como escudo infalible ante cualquier fraude, sino como marca de propiedad sobre tu identidad digital en el entorno lingüístico y cultural que te define.
Y la buena noticia es que tenerlo no significa tener que gestionar una nueva web. Un dominio .cat se puede configurar para que redirija automáticamente a cualquier otra página: tu versión .com, la .es, o la que uses habitualmente. A esto lo llamamos «una redirección», y es tan sencillo como cambiar la matrícula de un coche sin moverlo de sitio. Lo que consigues es que nadie pueda usar ese dominio .cat para hacerse pasar por ti, sin que tengas que cambiar nada de tu flujo habitual de trabajo.
La gastronomía es cultura. Y la cultura necesita un espacio propio
El caso de los Roca no es casual: el Celler de Can Roca es uno de los restaurantes más reconocidos de la gastronomía mundial, y precisamente por eso es un objetivo atractivo para quienes quieren aprovecharse de la reputación ajena. Pero lo mismo puede ocurrirle a cualquier restaurante de proximidad, bodega familiar o pastelería artesana. La gastronomía catalana es patrimonio vivo: es lo que somos y lo que contamos a quienes vienen de fuera. Un negocio gastronómico con un dominio .cat no es solo un negocio con una extensión diferente —es un negocio que dice: soy de aquí, trabajo en catalán, me siento parte de esto.
La identidad digital no es un lujo técnico
A menudo tratamos los dominios como un detalle menor, un trámite necesario para tener una web. Pero un dominio es mucho más que una dirección. Es tu nombre en Internet. Es lo que aparece cuando alguien te busca, cuando te comparte, cuando confía en ti. Y, como todos los nombres, vale la pena protegerlo.
El caso protagonizado por Jordi Roca en las redes sociales es un toque de atención que va más allá de la ciberseguridad. Nos recuerda que la identidad digital es algo que hay que pensar, cuidar y, en la medida de lo posible, proteger proactivamente. No por miedo, sino por coherencia. Porque en Internet, como en la vida, ser tú mismo —y que nadie pueda aprovecharse de ello— es una condición mínima para poder operar con confianza.
Y si crees que todo esto no va contigo, piénsalo también desde un ángulo más pragmático: tener un dominio .cat es, en la mayoría de los casos, menos caro que gestionar las consecuencias de no tenerlo —que se lo digan a los hermanos Roca. Contar con un dominio .cat significa también tener detrás una organización que, en caso de problema, puede actuar de manera casi inmediata: suspender un dominio fraudulento, atender tu caso y hacerlo en tu idioma. No es un detalle menor cuando cada día que pasa con una web falsa es un día en que tus clientes pueden ser estafados. No hace falta que te sientas especialmente vinculado para reconocer que es una decisión sensata.
Si tienes un negocio que forma parte de nuestra cultura y que se dirige a nuestra comunidad, y todavía no tienes un .cat, te estás arriesgando a que alguien ocupe tu espacio en Internet. ¿Quizás ya es hora de reclamarlo?
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