Los orígenes del dominio .cat: la historia de una idea que parecía imposible

Cómo nació el .cat: los impulsores explican el camino desde la idea inicial hasta la aprobación de la ICANN, cuando casi nadie creía que fuera posible.
¿Cómo se construye un hito que nadie había logrado antes? Veinte años después de la aprobación del dominio .cat, algunos de sus principales impulsores volvieron a reunirse para reconstruir una historia que empezó mucho antes de 2005 y que, durante años, pareció imposible.
Moderada por la periodista Mercè Molist, que siguió de cerca todo el proceso de creación del .cat, la primera mesa redonda de la jornada del 20.º aniversario reunió a Amadeu Abril, impulsor de la candidatura del .cat, y Manel Sanromà, expresidente de la Fundació .cat. Entre los tres repasaron los momentos clave de una iniciativa que acabó convirtiéndose en el primer dominio de Internet creado para representar a una comunidad lingüística y cultural.
De una idea descartada a una oportunidad inesperada
Mercè Molist recordó que la voluntad de disponer de un dominio propio venía de lejos. A mediados de los años noventa, un grupo de internautas había impulsado la candidatura del dominio .ct, pero los dominios de dos letras están reservados a los estados y todas las gestiones chocaban sistemáticamente con el mismo obstáculo.
Fue en 2003 cuando Amadeu Abril planteó una alternativa completamente distinta: abandonar la idea de un dominio territorial y proponer un dominio para representar a una comunidad lingüística y cultural. Aquel cambio de perspectiva transformó una reivindicación sin salida en una candidatura viable.
«La idea del .cat surgió porque era justa y necesaria.»
Abril explicó que Internet ya era, por aquel entonces, un espacio donde millones de personas se relacionaban principalmente a través de la lengua. Si existían dominios para estados o para sectores profesionales, también tenía sentido que hubiera uno para una comunidad cultural. El reto consistía en convencer a la ICANN de que esta comunidad también merecía tener un espacio propio.
Convertir una buena idea en un proyecto real
Si la idea fue el primer paso, convertirla en una candidatura sólida requirió años de trabajo.
Manel Sanromà recordó que, cuando conoció el proyecto, le pareció una gran iniciativa, pero también era consciente de la dificultad que representaba. La candidatura tenía que abrir puertas en espacios donde Cataluña nunca había tenido presencia y convencer a interlocutores que no tenían ningún precedente similar sobre la mesa.
La fuerza del proyecto, sin embargo, no vino solo de sus impulsores. El apoyo de decenas de miles de personas, empresas e instituciones convirtió la propuesta en una iniciativa colectiva, capaz de demostrar que detrás del .cat había una comunidad real dispuesta a defenderla.
Cuando las circunstancias también forman parte de la historia
Durante la conversación también hubo espacio para recordar que los grandes proyectos a menudo dependen tanto de la preparación como del contexto.
Sanromà explicó cómo diversos cambios políticos e institucionales acabaron generando un escenario favorable para que la candidatura prosperara. Sin aquel trabajo previo, nada habría sido posible; pero sin unas circunstancias determinadas, probablemente tampoco.
Aquel recuerdo sirvió para poner de manifiesto que la aprobación del .cat no respondió a un único factor, sino a la coincidencia de años de preparación, una candidatura técnicamente sólida y un momento político que permitió que el proyecto llegara a buen puerto.
Veinte años después, las lecciones siguen vigentes
La conversación se cerró con una mirada más allá del relato histórico. Tanto Amadeu Abril como Manel Sanromà coincidieron en que el principal legado del .cat no es solo haber conseguido un dominio, sino haber demostrado que las comunidades pueden abrir camino cuando son capaces de organizarse, identificar una oportunidad y perseverar durante años.
Para los impulsores del proyecto, la historia del .cat recuerda que las grandes transformaciones digitales no suelen empezar con grandes estructuras, sino con personas capaces de imaginar aquello que todavía no existe y de construir los consensos necesarios para hacerlo realidad.



