El .cat: la clave de nuestra soberanía cultural en Internet

El dominio .cat como infraestructura de soberanía cultural: por qué tener estructuras propias es lo que nos permite no ser usuarios tutelados en las redes de otros.
«Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo»
Proposición 5.6, Tractatus Logico-Philosophicus. Ludwig Wittgenstein
En Accent Obert entendemos el dominio .cat como una infraestructura esencial para apoyar y promover nuestra soberanía cultural en Internet. Hace veinte años que tenemos un pedazo de la red, y ahora estamos redefiniendo quiénes somos y qué hacemos.
Aprovechamos este momento para compartir con vosotros nuestra visión sobre la importancia del dominio en la proyección de lo que denominamos soberanía cultural de la comunidad catalanohablante.
La cultura a la que pertenece el .cat
Definir el alcance y los límites de una cultura es una tarea realmente difícil y, a menudo, controvertida. Forman parte de ella nuestras creencias, nuestros valores, las costumbres del lugar donde vivimos. Todos estos elementos forman parte de lo que entendemos por cultura, y todos tenemos visiones distintas de ellos. La forma en que los expresamos y compartimos es, en sí misma, una parte de la cultura, porque es mediante la puesta en común de estos elementos — de sus diferencias y de los compromisos a los que llegamos — que se establece un territorio común donde se construye una comunidad unida por una cultura, una idea propia de cultura. Una cultura, sin más.
Este proceso de construcción cultural nos proporciona el mapa que nos ayuda a navegar por una realidad en actualización permanente. Para que una cultura siga viva, hay que mantenerla en ese estado de actualización constante, ya que las ideas, las personas, nuestros trabajos, nuestras vidas, todo lo que nos rodea, está en cambio constante. Y este cambio, esta necesidad de actualización permanente, se manifiesta en cómo nos explicamos el mundo. En cómo nos comunicamos. En cómo nos lo contamos entre nosotros.
La lengua es la clave de este proceso. Pero la lengua nunca ha sido únicamente un instrumento de comunicación. Una lengua es mucho más que el medio con que una comunidad se comunica: es el material con el que esa comunidad fabrica su cultura, ese mapa vivo y cambiante que le permite pervivir, mantener la memoria y proyectarse hacia el futuro. Esta idea es tan antigua como el pensamiento mismo. Y el pensamiento — la cultura —, que solo puede articularse a partir de palabras, lo sentimos nuestro cuando formamos parte de él. Esta idea no cambia. Lo que sí cambia, y cada vez más rápido, es el contexto en el que ese pensamiento ha de vivir.
El dominio .cat como vehículo de nuestra cultura
Nuestra vida transcurre en buena parte en Internet, y desde hace ya muchos años — tantos como los que tiene el dominio. El espacio digital no es un espejo de la realidad: es la propia realidad. Es el territorio donde se construye la cultura, y donde se libran las batallas culturales de nuestro tiempo. El discurso público, la creación de contenido, las herramientas con las que transformamos el mundo — y cómo nos lo explicamos todo — los encontramos en Internet, los encontramos en nuestro mapa digital. Un mapa en el que el dominio .cat irrumpió hace veinte años, con la clara determinación de contribuir a vertebrar la comunidad de la que nacía.
La gran idea que hay detrás del proyecto que dio lugar a la Fundació puntCAT fue la intuición de que Internet sería el prisma de la realidad que venía. Que sería la tecnología en la que viviríamos, y en la que se definirían los límites de los debates y el alcance de las ideas. Y que era necesaria una brújula para la construcción de ese nuevo mapa. Internet no ha sido nunca únicamente un territorio técnico. Nació ya con la vocación de ser el entorno donde viviría la comunicación, y de ser el lugar donde nosotros podríamos comunicarnos de manera libre y abierta, sin que nuestras voces tuvieran que pasar por los filtros de los estados o por la agenda de las empresas que controlan los medios de comunicación.
Este sentimiento lo reflejó muy claramente John Perry Barlow en su declaración de independencia del ciberespacio de 1996. Muchos de los pioneros de Internet consideraron esta declaración el documento fundacional sobre el que debía operar la red. Y, como todo documento fundacional, recoge el sentir de un momento y de unas ideas. Un momento y unas ideas que también dieron lugar a los inicios del proyecto del dominio .cat.
El .cat ante las amenazas actuales
La realidad que hoy vive Internet, sin embargo, está sometida a la presión de dos fuerzas muy poderosas: la pulsión de control de los estados y el afán monopolístico de las grandes corporaciones tecnológicas, con las restricciones y la renuncia de derechos que conllevan los denominados jardines cerrados (walled gardens).
En este escenario de vulnerabilidad, disponemos de una herramienta tan presente en nuestras vidas que a menudo nos pasa desapercibida: el dominio .cat. Gestionado por Accent Obert desde la complicidad con la sociedad civil, este dominio es una herramienta fundamental de soberanía tecnológica y la pieza central de un proyecto mucho más amplio y ambicioso que la pura gestión de un recurso técnico: hacer posible que cualquier persona pueda vivir plenamente en catalán en el mundo digital.
Sin embargo, estar presentes digitalmente no es suficiente para garantizar nuestra soberanía. La cuestión, hoy, no es solo tener nuestro propio espacio en la red, sino hacernos fuertes para mostrar al mundo que hay que contar con nosotros a la hora de determinar las reglas del juego de Internet: con qué herramientas nos entendemos en catalán; si los buscadores y los algoritmos la reconocen; si las plataformas la tratan en igualdad de condiciones; si las inteligencias artificiales, más allá de hablarla, entienden e integran la cultura que representa. Cuando son exclusivamente actores ajenos — grandes empresas o estados con otras prioridades — quienes fijan estas condiciones, nuestra capacidad de decidir sobre nuestro propio futuro digital se desvanece.
Establecer nosotros mismos estas condiciones, con infraestructuras e instituciones propias, es lo que denominamos soberanía cultural en Internet.
La amenaza económica: el peligro de una red a dos velocidades
Para entender la relevancia del dominio .cat en relación con su uso en Internet por parte de tiendas, empresas y creadores — de cualquiera de nosotros —, hay que analizar primero la batalla económica global que se libra en torno a la neutralidad de la red. Los teóricos de las políticas públicas digitales, como Tim Wu o Lawrence Lessig, llevan años advirtiendo del peligro de que las grandes operadoras rompan el diseño original de Internet: ese protocolo TCP/IP que garantiza que todo el tráfico se trate por igual, y los estándares y políticas que se coordinan a escala global, entre otros, por ICANN, entidad de la que el dominio .cat forma parte activa.
Si se permite la priorización de pago, las grandes corporaciones — como las plataformas de streaming o las redes sociales — pueden establecer diferentes peajes de acceso, de modo que unos contenidos lleguen en buenas condiciones y otros queden relegados a un segundo plano.
Este modelo desregulado supone un riesgo existencial para las culturas con un mercado lingüístico mediano o pequeño. Y no es una amenaza abstracta: el ecosistema de creación de contenido en catalán vive un momento de crecimiento sostenido, con más consumo, más actividad y más creadores que nunca, tal como constata año tras año el observatorio Llista de Accent Obert. Iniciativas como los premios Crit!, que en sus dos ediciones han llenado el TNC y el Teatre Coliseum para reconocer el talento digital en catalán, demuestran que este ecosistema existe y está vivo. Pero si la velocidad y la accesibilidad dependen de la capacidad económica de cada uno, estos creadores, los medios de comunicación y las empresas que apuestan por el catalán quedarán excluidos por falta de recursos. Proteger la neutralidad es, por lo tanto, una medida de supervivencia para nuestro tejido digital.
La importancia de los derechos civiles en Internet
La historia reciente nos demuestra que el margen que separa el control económico de la censura política es muy reducido. Cuando una infraestructura básica no se gestiona desde una óptica de servicio público y de derechos ciudadanos, puede acabar utilizándose para limitar la libertad de expresión.
Lo hemos vivido de cerca. En momentos de máxima tensión política, la red en nuestro territorio ha sufrido episodios de intervención, bloqueos de tráfico, ralentización deliberada (throttling) y cierres de páginas web. Cuando el acceso a la información se convierte en objeto de disputa, la topología de la red — cómo se conectan los servidores y dónde están arraigados — se convierte en una cuestión de derechos civiles fundamentales. Quien controla el acceso a la información tiene el poder de modular el debate público.
Por eso la defensa de los derechos digitales, individuales y colectivos, no puede ser una reacción puntual, sino una labor constante. Es lo que Accent Obert articula desde su ámbito «Defensem», con proyectos como el congreso 4D de digitalización democrática y derechos digitales o la participación en la Alianza por la presencia digital del catalán, que ha logrado revertir el algoritmo de Google y ha impulsado la llegada de nuestra lengua a los coches y los televisores: una respuesta organizada ante las amenazas de este nuevo contexto digital.
Accent Obert, garante de nuestra soberanía cultural
En este contexto cobra todo el sentido la figura de Accent Obert. Como entidad privada sin ánimo de lucro que gestiona de forma independiente el registro del dominio, Accent Obert actúa como garante principal de la seguridad digital de la comunidad catalanohablante.
El hecho de que el .cat sea un dominio gestionado de abajo arriba (bottom-up) ofrece un cortafuegos tecnológico decisivo. Ante las tentativas de centralización o de limitación de la libertad de expresión en la red, disponer de una infraestructura propia y de una entidad que vela por la transparencia, la privacidad y la no discriminación de los usuarios es una ventaja estratégica casi única en el mundo para una comunidad sin un Estado detrás.
Pero Accent Obert no solo administra direcciones de Internet. Su acción se extiende a todo el ciclo de vida digital de la lengua: gestiona infraestructuras estratégicas con criterios de excelencia técnica y de bien común; facilita herramientas digitales en catalán — desde servicios como jo.cat, va.cat y ja.cat hasta el proyecto Galàxia —; promueve el talento con los premios Crit!, Llista o Digitalitzem-nos; y, con proyectos como Frec, trabaja para que incluso la inteligencia artificial — el gran reto de los próximos veinte años del dominio — aprenda a interactuar con herramientas y servicios en catalán. Este papel, constante aunque poco visible, asegura que nuestras «autopistas digitales» mantengan los estándares abiertos y neutrales que hacen posible que cualquier ciudadano, empresa o institución pueda expresarse y competir en igualdad de condiciones, sin miedo a ser silenciado por criterios políticos o económicos ajenos.
Ser soberanos para no ser tutelados
El ecosistema del .cat nos deja un aprendizaje claro de cara al futuro. En un entorno digital global, la soberanía no se proclama: se ejerce construyendo y defendiendo nuestras propias estructuras.
Ante un modelo de Internet que se debate entre el autoritarismo digital y el oligopolio privado, la complicidad de la sociedad civil en torno a Accent Obert — defendiendo derechos, facilitando herramientas, promoviendo talento y gestionando infraestructuras — demuestra que es posible mantener un espacio propio resistente, libre y neutral. La libertad de expresión y la viabilidad económica de nuestro futuro colectivo dependen de una idea simple: o somos soberanos de nuestra infraestructura digital, o seremos usuarios tutelados en las redes de otros.


